Farsantes
por Charles R. Swindoll
2 Corintios 11:13–15; Apocalipsis 17–18

Un amigo mío comió comida de perros una noche. No, él no estaba en una fiesta de iniciación de alguna fraternidad ni entre vagabundos; en realidad estaba en una elegante recepción estudiantil en la casa de un médico cerca de Miami. Le sirvieron la comida de perros en delicadas galletitas de sal, con una rebanada de queso importado, trocitos de tocino, una aceituna y una tajada de pimiento encima. Tal como lo oyen, amigos; eran bocadillos a la comida de perro.

¡La dueña de casa es una comediante de primera clase! Hay que conocerla para apreciar el relato. Ella acababa de graduarse de un curso de cocina gourmet, así que decidió que era tiempo de poner sus habilidades a la prueba máxima. ¡Vaya que lo consiguió! Después de preparar esos desdichados bocaditos y ponerlos en un par de bandejas de plata, con una gran sonrisa socarrona vio cómo desaparecían. Mi amigo no podía comerse lo suficiente. Continuó volviendo por más. No recuerdo exactamente cómo se lo dijeron; pero cuando él descubrió la verdad, probablemente ladró y fue a morderle una pierna. Por cierto debe haber sentido náuseas.

Desde que oí este relato, y sucedió en realidad, he pensado en lo perfecto que ilustra algo que transpira a diario en otro ámbito. Me refiero a los farsantes religiosos, charlatanes profesionales, fraudes, creyentes falsificados que venden sus artículos en brillantes bandejas decoradas con persuasión sabrosa y presencia impresionante. Siendo maestros del engaño, sirven deliciosos platos camuflados con frases que suenan lógicas.
¡Vamos, eso es ser inteligente! Si se quiere falsificar un billete, no se va a usar cartulina amarilla, cortarla en triángulo, poner un retrato de Batman en el centro, y estampar un número “3” en cada esquina. Eso no engaña a nadie. El engaño viene en forma convincente, llevando los arreos de la autenticidad, respaldado por credenciales de inteligencia, popularidad, incluso un toque de clase. Por millones, los glotones incautos se dejan seducir por las mentiras que los tragan, pensando todo el tiempo que están ingiriendo la verdad. La falsificación se alimenta con leña del infierno. Eso es lo que Dios nos dice.

“Porque éstos son falsos apóstoles, obreros fraudulentos, que se disfrazan como apóstoles de Cristo. 14 Y no es maravilla, porque el mismo Satanás se disfraza como ángel de luz. 15 Así que, no es extraño si también sus ministros se disfrazan como ministros de justicia” (2 Corintios 11:13–15, RVR).

Un vistazo a la bandeja de plata y todos se ven deliciosos: “apóstoles de Cristo . . .  ángel de luz . . .  ministros de justicia.” Mediante el genio del disfraz, no sólo que se ven bien; tiene buen sabor, y huelen bien. Los medios de comunicación nos los sirven bajo nuestras narices.
¡Los testimonios abundan! Escuchen algunos: “Esto es nuevo . . . ¡esto cambió mi vida!” Otros dicen: “Yo hice lo que él dijo . . . y ahora Dios me habla directamente. Veo visiones. Puedo sentir a Dios.” Más de dos millones gritan a grito pelado: “La eternidad es ahora . . . el materialismo es santo. Enriquecerse es señal de espiritualidad.” Un nutrido grupo de seguidores aduce: “Nada es nuestro. Todo le pertenece al gurú.” Se los halla por todas partes: en las esquinas con revistas, mostrándose muy dedicados a Dios; contemplando las estrellas, descubriendo el futuro, sentados en grupos pequeños en las colinas, comiendo alimentos de canario, rehusando afeitarse o bañarse para no interrumpir lo que llaman “su comunión con Dios.” ¡La bandeja está llena de variedad! Se los halla asistiendo a concentraciones religiosas entusiastas dirigidas por la atractivas porristas en trajes de naranja costosos y zapatos adornados con diamantes. En el extremo opuesto, son soñadores místicos que prefieren la reclusión donde se sientan en cuclillas y en silencio.

Tal vez tengan una presencia “nueva,” y tienen el sabor y apariencia de lo real; pero no lo son. Tal como Escrutopo citó a su sobrino Orugario el verso de su padre:

Error viejo en vestido nuevo,
Es siempre un error desde luego

. . . que es otra manera de decir: la comida de perros es comida de perros; sin que importe cómo se sirve. O, como Pablo lo dice tan contundentemente: “Son falsos . . . fraudulentos, que se disfrazan como apóstoles de Cristo.” Tal vez no lo parezcan, pero son tan falsos como un billete amarillo de tres dólares.

Desdichadamente, en tanto y en cuanto haya manos para que tomen lo que hay en la bandeja, siempre habrá bocaditos de muy buena apariencia, y muy aromáticos, disponibles. Pero algún día, algún horroroso día, el Juez final determinará y declarará la verdad y el error (Apocalipsis 17—18). Entonces habrá mucho atragantarse y náuseas . . . y ya no sabrá bien.

Nada sabe bien en el infierno.

 

 

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